El problema del mal en Venezuela

Dirá San Agustín que el mal no subsiste por sí sólo, pues para existir necesita del bien. La prueba de que en Venezuela hay gente justa es que aún existe la sociedad. Si en ella sólo hubiera gente injusta, mala, no se podría mantener nada civilizado, ninguna convivencia sería posible, pues todo quedaría destruido.

El mal, las cosas mal hechas, buscan esconderse en el bien; así como las sombras, aun siendo ausencia de luz,  no existirían sin ella. El bien y el mal, decimos: “están en una constante lucha”, pero si el mal acaba con el bien, todo termina siendo destrucción. Es por ello que pienso que si la gente que hace las cosas bien se va de Venezuela, estamos perdidos.

Un ejemplo de cómo el mal se esconde en el bien son las bolsas CLAP. Hay hombres que no tienen qué comer y otros, para ganar su voto, dan comida, “hacen bien”, cuando detrás de ello hay hipocresía, manipulación, corrupción, cosas mal hechas.

Va un poco por el camino de lo que Hannah Arendt llama “la banalidad del mal”. Mucha gente mala que nos gobierna no son un temible monstruo, pues para atraer con el mal necesitan aparentar ser buenos, ser hipócritas; y esa apariencia es pura superficialidad, es pura pantalla, mal escondido, que al salir a la luz puede ser peor que el mal que no se esconde.

Pero este hecho nos da un dato esperanzador, y es que el hombre está hecho para el bien y es atraído por él; está hecho para aquello que le hace mejor. Que pueda ser manipulado por ignorancia, por debilidades, es otro tema que le corresponde tratar a la educación y en el que aquí no me detendré.

Leer más en:

  1. Venezuela, un asunto de costumbres.
  2. El problema del mal en Venezuela.
  3. Venezuela, un asunto de confianza.
  4. Venezuela, un asunto de liderazgo.

Una entrada democrática

Si algo podemos decir del momento de crisis que enfrentamos hoy los venezolanos es que es un asunto de oportunidad, una etapa transitoria donde un nuevo grupo tiene la posibilidad de llegar al poder. Desde las revueltas del siglo XIX lo hemos vivido en varias ocasiones de nuestra historia, y es que cuando algunos no hacen las cosas bien otros ansían llegar al poder para intentar hacerlas mejor. Se entiende entonces que también es un momento de oportunidad para aquel que detenta el poder. Sólo basta ser lo suficientemente listo y audaz para alcanzarlo.

Pero hoy vivimos en una época muy distinta a la del siglo XIX donde las posibilidades de que un grupo imponga autoritariamente el poder son más difíciles. Hemos construido unas instituciones, un sistema, que defiende a hombres libres y, por defender a hombres libres, los llama a su activa participación en los asuntos públicos (Sartori).  Sin embargo, decimos que es más difícil que un grupo imponga “su verdad”, pero no imposible, pues está claro que cuando esta participación ciudadana es escasa, el sistema comienza a decaer. Si se trata de un sistema que defiende a hombres libres, es fácil intuir que estos hombres libres lo deben sostener y construir.

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