Votar o no votar, esa fue mi cuestión

Una semana antes de las elecciones del domingo estaba negado a votar. Convencí a dos amigos para que no lo hicieran, defendiendo la idea de que no debíamos legalizar con nuestro voto a un gobierno antidemocrático.
Les dije que se nos hacía una llamada a votar para que el gobierno no ocupara más espacios, pero que éste ya tenía ocupados todos los espacios efectivos de poder. También les decía que en una democracia había distintas formas para expresarnos y que el voto, con un gobierno antidemocrático, no era una opción. Era indignante votar, luego de que se nos irrespetara varias veces este derecho, luego de haber expresado nuestra opinión por medio de las protestas. Me molestaba la idea de votar cuando políticos demócratas disfrazaban al gobierno actual de democrático, me molestaba la idea de legalizar un sistema corrupto, que no nos quiere escuchar.
A pesar de todo esto, voté… Pero: ¿por qué lo hice?
En la mañana de las votaciones mi mamá me dijo que no podíamos hacer una llamada a no votar porque somos demócratas. No le presté mucha atención. Luego me mandó una noticia que mostraba cómo los mayores votaban y los jóvenes se abstenían, y para mayor sorpresa vi a gente muy honrada e inteligente que convencidos me decían: vamos a votar.
Ante esto, sin mayor razonamiento, pensé primero en mi alcance como ciudadano. Me dije: “Está bien, yo hablo mal de las elecciones, pero tampoco es que esté liderando o forme parte de un movimiento democrático. Podré hablar con cierta convicción, pero mi acción dice algo distinto“. Me comporté como aquellos políticos que muchas veces criticamos, que su discurso desdice de su actuación. Y en ese momento recordé que la crítica es la excusa perfecta cuando uno quiere dejar de hacer algo bueno o mejor. Acepté mi error y mi poco compromiso con el país y decidí salir a votar.
Luego de votar me sentía descontento, pues no entendía muy bien por qué lo había hecho. Mucha gente buena e inteligente había llamado a votar, pero eso no era causa suficiente, eso no era nada democrático. Pero con las referencias que comenté pude sacar mis propias conclusiones.
Comencé a pensar en lo que me dijo mi mamá: “Somos demócratas”.
Las elecciones no son un medio inventado por el gobierno. Cuando vienen las elecciones el gobierno se disfraza de demócrata, pero -a diferencia de lo que creemos- nosotros no lo disfrazamos a ellos. Al votar defendemos una tradición democrática sobre la que ellos se mantienen, porque no les queda otra opción. Por eso quieren ir acabando sutilmente con este sistema: hacen trampa, los políticos electos deben juramentarse ante la Constituyente, van construyendo un estado paralelo. Logran que nuestra rabia aumente y dejemos que ocupen los espacios democráticos desde donde nos podemos hacer escuchar, espacios que no han instituido ellos, pero de los que dependen para hacerse con el poder. 
En todo esto también pensé: pero la oposición siempre juega en el terreno del gobierno. Pero, llevado al ajedrez, podemos decir que: nosotros jugamos Las fichas que el gobierno quiere, pero ambos estamos sobre un tablero que no pusimos nosotros. Y ese tablero es El que hay que rescatar, de todas Las fichas rojas de Las que se ha llenado. Para entenderlo más fácil podemos decir que el Grinch no quiere Navidad, así como el gobierno no quiere democracia, pero no le queda otra opción que vivir en ella, y tratar de arruinarla. 
Hablar de elecciones en estas circunstancias es muy difícil, sobre todo para los jóvenes que nos hemos llevado tantos desencantos. Estoy de acuerdo con que luchemos por hacernos escuchar por otros medios democráticos, como lo hicimos con las protestas del 2017, pero las elecciones siguen siendo un medio de expresión, nuestra (y no del gobierno), y nosotros debemos defenderlas y hacerlas respetar.
Todos sabemos que nos faltan políticos con convicción y ciudadanos que nos expresemos y participemos de un modo más activo. Nos ha faltado también una educación para la democracia, que permita entender de qué se trata realmente una democracia y nos prepare a vivir en ella, que nos dé un alcance más amplio de lo que significa ser ciudadano, que nos permita entender y empoderarnos de lo que es nuestro.
Hoy la democracia está secuestrada, como hemos dicho con el tablero de ajedrez “lleno de fichas rojas”, y nuestra tarea no es destruirlo: no es destruir todo, como lo hacen ellos. Nuestra tarea es rescatarlo, a través de elecciones ¡sí! pero también a través de otros medios con los que expresemos de modo más efectivo nuestra opinión.
Cuando gobiernan los hombres y no las leyes viene el desorden. Hoy, nosotros, ciudadanos, tenemos que luchar por defender esa ley (eso es un deber de todos), y no depender de unos hombres que, quizás sin mala intención (dentro del gobierno y de la oposición), no las defienden. Hoy no gobiernan las leyes, gobiernan los hombres, porque hablar de la ley es quizás muy sencillo, pero vivir de acuerdo a ella y defenderla es lo difícil. 
Publicado en sociedadyvaloresenvenezuela.blogspot.com
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