Ser Santo, ¿un ideal para todos?

Hace mucho tiempo, en la época medieval, los hombres creían que ser Santo era cosa de convento, de hombres y mujeres que se dedicaban todo el día a rezar y a buscar la verdad. Con el paso de los siglos hemos ido retomando, poco a poco, el sentido original de la santidad, con el que cada quien en su estado puede ser Santo, y santo de altar.

Pero: ¿por qué ser Santo?  ¿Eso de qué me sirve a mí?

Desde el bautismo el hombre está llamada a la santidad y, formando parte de la Iglesia, recibe los medios sobrenaturales para lograr aquello que, por las propias fuerzas, es bastante difícil -o imposible- de lograr: ser felices. Pues, en definitiva, el que lucha por buscar la mejor versión de sí mismo es porque quiere ser feliz.

Todo hombre que quiere ser feliz -sea o no cristiano- busca ser Santo, busca, quizás sin saberlo, esa mejor versión de sí mismo que Dios quiere para él.

¿Cómo puedo ser santo?

Para ser Santo el primer paso es: rectificar. Y para ello debemos ser humildes.

“Conócete a ti mismo”, un ideal más viejo que el cristianismo, se consigue reconociendo que somos débiles, que somos criaturas. Y en el cristianismo nos llenamos de esperanza cuando sabemos que, así como somos, Dios quiere que consigamos esa mejor versión de nosotros mismos.

Para rectificar, en el cristianismo, contamos con un medio maravilloso: la confesión. Sin ella: ¿cómo podríamos caernos y levantarnos? ¿cómo podríamos poner punto y final a ese párrafo de nuestra historia con el que no estamos contentos?

Enamorarse de Dios

La clave para ser santo es conocer cada día más a Dios para enamorarnos de Él. Si logramos hacer esto, ya tendremos buena parte del camino ganado, pues quien está enamorado no quiere ofender a quien ama, y ese a quien ama quiere que haga lo mejor.

Pero también quien está enamorado se esfuerza cada día, con hechos, por enamorarse más.

La santidad: un camino

Ese enamorarse cada día más de Cristo, más que una idea bonita, es un proyecto de vida, al que muchos hombres le dedican todas sus fuerzas.

Si yo quiero conquistar a la niña más bonita de la clase es obvio que tengo que demostrárselo. Lo mismo sucede con Dios.

Por eso es bueno comenzar por rezar un poco todos los días, ir a misa los domingos, pedirle ayuda a la Virgen María… Así iremos bien.

La santidad: un camino con los demás

Finalmente, otra cosa importante, es que el amor a Dios se manifiesta, principalmente, en el otro.

Volvamos a decirlo: santo no es quien se la pasa todo el día rezando. Santo es aquel que hace lo que tiene que hacer, que acerca sus amigos a Dios, que pone el ambiente, que influye en la sociedad. Es un tipo contento, imperfecto, que si se cae está dispuesto a levantarse, a volver a retomar el camino para ir en búsqueda de esa mejor versión de sí mismo, para ir en búsqueda de la felicidad.

Fuente: http://www.benewfire.com

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