¿Qué nos falta para ser felices?

Hace tiempo mi papá me contó la historia de un escritor francés, cuyo nombre no recuerdo, que le pidió el matrimonio a su futura mujer, diciéndole: “quiero que me ayudes a salir de mí mismo todos los días de mi vida”. Este escritor concebía que una vida feliz se podía conseguir fuera de sí, por medio de un TÚ.

Salir fuera: un ideal de muchas épocas.

Salir de uno mismo para vivir una vida plena no presenta ninguna novedad. Basta asomarse a los griegos, para quienes la realización más plena del hombre se encontraba en la polis, participando de la vida pública. Aquel que no conviviera con la sociedad no desarrollaría lo propio del hombre, sería considerado –dice Aristóteles en su Política- como un bruto o como un Dios.

Sócrates también vivió una constante salida de sí, gastando todas sus fuerzas en vivir y buscar la verdad. Con el cristianismo la renuncia de uno mismo tomó auge, por medio del mandamiento del amor. Y en la época medieval surgieron ideales, como la del caballero, la del religioso, con los que hombres y mujeres dedicaban toda su vida a buscar algo superior, fuera de sí.

Hasta aquí era común que la vida del hombre se rigiera por unos valores superiores que filósofos, santos, caballeros, héroes, se proponían alcanzar. La literatura clásica moderna tampoco se olvida de ello y nos presenta este ideal en varios personajes, como Frodo, El Principito, o Kitti -de la novela de León Tolstoi, “Anna Karenina”-.

Una existencia cerrada

Sin embargo, en la época moderna, se hace frecuente el hombre que se tiene como centro a sí mismo. “Pienso, luego existo”. Comenzamos a recorrer un camino hacia dentro: no hay nada mayor fuera de mí, ya no hay nada que perseguir. La vida ya difícilmente se plantea como un proyecto.

Como no importa ser más, sólo queda: tener más. El hombre excelente será aquel que más tenga, mientras que el ser más podrá ser sólo apariencia. La felicidad ya no se concebirá como un estado del ser que se va perfeccionando en la búsqueda esforzada de lo mejor, sino como un momento que lo marca el placer y la utilidad; y cuando desaparecen los bienes sensibles convertidos en fines absolutos, el hombre queda solo y triste.

  Una vuelta a la intimidad

Sin embargo, como nos dice Charles Taylor, en la postmodernidad también obtenemos el individualismo como victoria, en el sentido de que el hombre puede encontrar una llamada más personal para vivir plenamente, desde su intimidad. Sólo queda que ese encuentro consigo mismo sea sincero, auténtico y, paradójicamente, abierto a los demás, sin dejarse engañar por el atractivo del mercado y del entretenimiento.

En la época actual tenemos los medios para conseguir salir de nosotros mismos. Ha habido un conocimiento más integrador de lo que es el hombre, que lo reconoce como unidad de cuerpo y alma (sin despreciar ni lo uno ni lo otro). Nos situamos en una época donde las actividades que realizamos, las relaciones en la que nos desenvolvemos, abren un camino más amplio para comprender la verdad sobre el hombre.

Palabras como innovación, trabajo en equipo, nos hablan de un esfuerzo del hombre por realizarse por caminos nuevos, que lo invitan a salir nuevamente de sí mismo e ir en búsqueda de una vida plena.

Gabriel Capriles

@gabcapriles

Foto: cortesía de http://www.pulse.ng

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