De cómo los hombres se hacen felices (II)

La muestra más clara de que el hombre se hace feliz saliendo de sí mismo, y no necesariamente yendo en busca de su propio beneficio sino de los demás, es el amor. Y aquí vale la pena distinguir dos tipos:

Es muy frecuente escuchar que “detrás de cada gran hombre hay una gran mujer” y es que, como sucede con el efecto Pigmalión, la persona que ama es moldeada por la persona amada. Imaginemos al hombre como un pincel que tiene la posibilidad de moverse por su cuenta. Para aquel hombre que ama es como este pincel “libre” que se deja llevar por las manos del artista, que confía en su visión de conjunto y que en los trazos más difíciles se abandona en su capacidad para componer una obra magnífica.

Otro tipo de amor es “el amor de amistad” que bien define Aristóteles como “querer bien al amigo y querer el bien del amigo”. Se trata de un acompañamiento donde ambos se ayudan y se exigen para encontrar la mejor versión de sí mismos. En este sentido Yepes Stork dirá que lo propio del amor esponsal es mirarse “cara a cara” y que lo propio de este otro amor es “mirar juntos al horizonte”.

Para Aristóteles sólo se puede ser amigo de personas virtuosas, porque si no: ¿qué ayuda podré darle o podré recibir para ser y ayudar a que éste sea mejor?, pero Cristo apunta en otra dirección y propone, con la caridad, reconocer que todos tenemos defectos y que a veces hay que ser pacientes para que el otro conozca y quiera lo mejor para sí mismo, y en ese acompañamiento el hombre también sale de sí mismo, también mejora y se hace feliz.

El hombre “está hecho para amar”, y en el Principito de Antoine de Saint Exúpery podemos intuir cómo la juventud es un período de preparación para poder ser felices en el amor. La persona amada, como la rosa, es nuestra realidad, pues a ella hay que cuidarla. Pero al mismo tiempo ese amor nos permite cumplir nuestras ilusiones, de hecho, es lo que permite que éstas se hagan posibles… ¿Cómo?… “Ama y haz lo que quieras” dirá San Agustín, y es que cuando se ama se hacen cosas que antes no se habrían hecho con la misma facilidad, pues se quiere agradar a la persona amada; y como esa persona que amo también quiere mi bien, todo lo que haga para agradarla también será lo mejor para mí.

Por eso es que creo que a todo hombre se le podría aplicar esta frase: “dime qué amas y te diré quién eres”, pero al hombre feliz sólo se le podría aplicar esta otra: “dime a quién amas y te diré quién eres”. Lo digo porque en toda nuestra historia ha habido mucha gente que no ha sido feliz, pues le dedica sus mayores esfuerzos a una cosa o a sí mismo, donde no ve posibilidad de mejora, donde no proyecta un ideal y termina “como una mosca que choca una y otra vez contra el mismo vidrio”.

Podemos concluir diciendo que “Detrás de cada gran hombre hay una gran persona”: hay una gran mujer, hay un gran amigo, hay también un Dios –que podemos conocer y amar, pues se hizo hombre- que nos hacen entender que “la felicidad no consiste en una vida cómoda –en buscar nuestro propio beneficio- sino en un corazón enamorado” (S. Josemaría).

Gabriel Capriles.

@gabcapriles

 

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