Una entrada democrática

Si algo podemos decir del momento de crisis que enfrentamos hoy los venezolanos es que es un asunto de oportunidad, una etapa transitoria donde un nuevo grupo tiene la posibilidad de llegar al poder. Desde las revueltas del siglo XIX lo hemos vivido en varias ocasiones de nuestra historia, y es que cuando algunos no hacen las cosas bien otros ansían llegar al poder para intentar hacerlas mejor. Se entiende entonces que también es un momento de oportunidad para aquel que detenta el poder. Sólo basta ser lo suficientemente listo y audaz para alcanzarlo.

Pero hoy vivimos en una época muy distinta a la del siglo XIX donde las posibilidades de que un grupo imponga autoritariamente el poder son más difíciles. Hemos construido unas instituciones, un sistema, que defiende a hombres libres y, por defender a hombres libres, los llama a su activa participación en los asuntos públicos (Sartori).  Sin embargo, decimos que es más difícil que un grupo imponga “su verdad”, pero no imposible, pues está claro que cuando esta participación ciudadana es escasa, el sistema comienza a decaer. Si se trata de un sistema que defiende a hombres libres, es fácil intuir que estos hombres libres lo deben sostener y construir.

Este sistema democrático se fundamenta sobre la confianza (Cortina), que permite llegar a acuerdos a través de la palabra. Acuerdos sobre qué es lo mejor, sobre qué es lo justo y lo bueno, que a diferencia de los animales podemos conocer y comunicar para construir una comunidad autosuficiente –la comunidad civil- (Aristóteles) que nos permita no sólo sobrevivir, cubrir nuestras necesidades básicas; sino también que nos dé las condiciones para vivir, para poder llevar a cabo ese proyecto de vida que cada quien considera valioso (Cortina).

Por otro lado, este sistema también decae cuando se presenta otro escenario, consecuencia, quizás, de la poca participación ciudadana. Como vemos ahora, cuando la palabra no juega un papel en la construcción de una sociedad es porque ya un grupo ha impuesto su verdad y nos manda a callar, porque cree que los demás no tienen nada bueno que aportar (Cortina) o, como sucede claramente en nuestro caso, porque este grupo no está dispuesto a rectificar.

Al desaparecer la palabra del espacio público las cosas no quedan claras, crecen los conflictos, no se llegan a acuerdos, aparece la desconfianza, y se llega entonces a utilizar un medio alterno para resolver los conflictos: la protesta, medio con el que se regenera la confianza.

Las protestas son muestra de una actitud genuinamente democrática, donde un grupo de ciudadanos sale a manifestar que algo anda mal, a defender los mismos ideales, en un espacio que interfiere directamente en los asuntos públicos: la calle. Así la desconfianza hacia un grupo y hacia unos ideales hace renacer esa confianza hacia otro grupo y otros ideales, confianza que es propia y necesaria para conformar un sociedad democrática.

Pero esta confianza que lleva a la democracia no se agota tan sólo en salir a defender lo justo y lo bueno como cosa abstracta, sino que puede ir mucho más allá, al utilizar la palabra para concretar “qué es lo mejor”. Y esa es una tarea que se puede hacer directamente desde la calle y que deben hacer todos los ciudadanos, especialmente los políticos, que tienen el deber de guiar a la sociedad.

La injusticia también es astuta

Cuando llegan hombres injustos al poder -en democracia, en buena parte, por la escasa participación política real de los ciudadanos-, una de las cosas que desean hacer es controlarlo todo, acabar con todos los mecanismos de participación, de confianza, que defiendan a “hombres libres”, para así controlarlos a su antojo e imponer “su verdad”. Por eso en la novela de Orwell, 1984, vemos cómo el gobierno va construyendo un estado paralelo, y por eso -también hoy- nos hablan de asambleas constituyentes.

Hoy el ciudadano debe saber que esa confianza originaria dispuesta en las instituciones ha despertado de nuevo en la calle, por la falta de confianza a un grupo que ha gestionado mal los asuntos públicos. Hemos comenzado a entender que es esa misma confianza la que sostiene este sistema de “hombres libres”, y la que termina decidiendo si obedece o no a un sistema corrompido por hombres injustos. Es por ello que buscamos destituir a políticos que lo han hecho mal, pues ellos son los injustos, y no buscamos acabar –como han hecho ellos- con las instituciones.

Eso lo sabe muy bien el gobierno y distrae nuestra atención de lo que podamos plantear a través de la palabra (incluso hablándonos de constituyentes, etc.) para centrarla en el campo que les interesa: el de la violencia.

Si fuéramos más consistentes en este flanco distinto, el de la razón, si todos los ciudadanos, especialmente los políticos, hiciéramos un esfuerzo mayor por cohesionar ese grupo cada vez más unido, real; un esfuerzo racional para identificar claramente –que en palabras de algún político de oposición sabemos que no se ha hecho- “cuáles son los elementos” de esta situación y, también, para poder llegar a crear un “proyecto unitario”, estoy seguro que seríamos más consistentes y efectivos con lo que de verdad queremos, y dejaríamos de jugar en el campo del gobierno con el que quiere que volvamos a caer en la total desconfianza.

Para ello la confianza también juega un papel importante en este asunto de oportunidad, a la hora de cohesionar un grupo que defiende los mismos ideales. Y esto no es posible sin tener la voluntad de decir lo que se piensa, pero también de escuchar y de llegar a acuerdos que, quizás, nos exijan renunciar a nuestros intereses.

Si nos apoyamos en la confianza y no en la oportunidad que generan las protestas, estoy seguro que tendremos asegurada no sólo una salida democrática sino también, y esto debería ser lo más importante y coherente para una sociedad del siglo XXI, una entrada democrática.

Bibliografía:

La Política de Aristóteles, Libro I.

La universalización de la democracia, Giovanni Sartori.

Para qué sirve la democracia, Adela Cortina.

¿Violencia o resultados?, Benigno Alarcón.

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Author: Gabriel Capriles

Licenciado en Comunicación Social de la Universidad Monteávila.

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