-“¿Es usted feliz?- preguntó Clarisse.

-¿Que si soy qué?- replicó Montag.

(…) Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera” (Farenheit 451, pág 20 y 22)

Farenheit 451, libro del que ya hablaremos en otras ocasiones, es un ejemplo claro de lo que sucede en un mundo donde el hombre ha decidido no pensar. El progreso técnico de la ciudad en donde vive Montag, el personaje principal, ha logrado que las casas no sean combustibles. Pero el fuego seguirá presente en sus vidas como elemento destructor, dirá Beatty el jefe de bomberos, como aquel elemento que permite “deshacerse de los compromisos”, que acaba con aquello que “causa preocupaciones”. Y por ello Montag es uno de los bomberos que quema los libros, aquellos “objetos malignos que causan cientos de confusiones”.

Lo que sucede al comienzo del libro es muy interesante para los temas que aquí tratamos. Montag nunca se había preguntado qué era la felicidad y una noche se encuentra con Clarisse, una joven de unos 18 años, muy distinta a las demás. Ella le pregunta: “¿Mr. Montag, es usted feliz?” Y el bombero le responde, confundido, que sí. Sin embargo, no está muy convencido de su propia respuesta, y camino a su casa sigue pensando en lo mismo. Comienzan las preocupaciones, comienzan los recuerdos, Montag se pregunta si verdaderamente es feliz. Llega a su casa y se toma una pastilla. Se le pasan las preocupaciones.

Aunque el camino de Montag será distinto, al principio del libro tenemos un hombre que supuso que era feliz pero que en ese momento no sabía qué era ser feliz, no sabía dar razones de por qué o de cómo se es feliz. Pero conseguía en esta ciudad, así como conseguimos en la nuestra, otras especies de fuego: las pastillas, las pantallas, los programas de TV, ir en carro a 200 por hora, no hablar,  en fin: distracciones, que le permitían estar seguro, tranquilizar su conciencia, no preguntándose cosas tan complicadas como: “¿qué es la felicidad?”.

Gabriel Capriles.

@gabcapriles

Foto: Cortesía de es.pinterest.com

Lectura recomendada: “El uso de la inteligencia, Julián Marías”

Lectura recomendada: Farenheit 451, Ray Bradbury.

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